Antes del desarrollo de la teoría psicoanalítica la sexualidad era aquello que aparecía a partir de la pubertad. Se aceptó luego que la sexualidad se instala en el ser humano desde del nacimiento, y es definida como toda aquella actividad tendiente a la búsqueda del placer: la tensión interior que pulsa (pulsión) genera displacer, y la sensación se proyecta a una zona del cuerpo (zona erógena) produciendo la necesidad de satisfacción. Por ejemplo, muchas veces el bebé llora y patalea (sentimiento físico de displacer), y suele calmarse con el chupete o la succión de su dedo: esto le permite una descarga que lo alivia. De allí la importancia de que acepte el chupete: será luego un excelente instrumento para disminuir el displacer que produce tan fuerte aumento de tensión.
A medida que el niño crece se van estableciendo zonas erógenas privilegiadas, que recorren todo el cuerpo y van conformando un cuerpo sexuado, fuente de intensas sensaciones. Este desarrollo va acompañado por fantasías relacionadas con las figuras paternas. Fantasías erotizadas que tienen que ver con el tránsito por el popular Complejo de Edipo.
Sin embargo este período cede alrededor de los 5 o 6 años, dando paso a una etapa de latencia de estos contenidos sexuales. Latente significa de “aparente inactividad”. Los deseos incestuosos se reprimen, se olvidan, salen de la conciencia. Y el placer se dirige entonces hacia el esfuerzo, el aprendizaje y las relaciones de pares que son ahora, para él, mucho más importantes que mamá, papá y hermanos. El interés y el entusiasmo por las cosas de la vida están más allá de su entorno familiar inmediato, y disfruta mucho de todo eso. Se despliega una gran capacidad para la incorporación de una enorme cantidad de novedades. Los niños a esta edad están tranquilos con su propio cuerpo, que había sido antes un constante fluir de sensaciones, de deseos, y erotismo. En este momento están conformes con él, no tienen conflictos.
Súbitamente, ese cuerpo del cual se disfrutaba, de golpe comienza a enviar otros mensajes, comienza a revelarse, comienza a movilizar aspectos insospechados, no buscados, sobre los cuales no estaba centrado su interés. Un cúmulo de hormonas surge desde el interior del cuerpo, desarticulando la armonía anterior. Para el niño, en su desconocimiento, son como irrupciones inesperadas de “no sabe bien qué”. El cuerpo del niño de la latencia es arrasado por una precipitada cantidad de cambios, de sensaciones extrañas e incomprensibles, a las cuales no puede enfrentar dado que no posee ningún tipo de registro previo.
Es así como las hormonas afectan las características anatómicas y fisiológicas de su cuerpo: se le estiran las piernas, a las niñas les empieza a nacer un seno, mientras el otro queda pequeño; empiezan a tener las primeras menstruaciones que surgen con mayor o menor dolor y generan cuidados especiales, cuestiones a descifrar, cuya novedad excede cualquier diálogo previo o preparación.
El niño empieza a tener sus primeras eyaculaciones, empiezan a surgir esos primeros vellos, la voz se le transforma. Todo esto sin que pueda manejarlo. Por ejemplo, en el tono de su voz: los saltos agudos, los graves, la característica con las cuales emergen sus mensajes, las palabras tropiezan unas con otras. Pierde esa seguridad que había logrado a través del lenguaje que ya dominaba. En este nuevo período sus mensajes de golpe empiezan a atropellarse, a confundirse.
El cuerpo arrasado es la característica de la pubertad. La pubertad conmociona totalmente. Ese cuerpo definido, estable y cómodo con el cual disfrutaba, con el cual estaba familiarizado, se hace trizas. Su atención se dispersa, y su interés se dispersa. Se empieza a desarticular. El cambio hormonal que viene en avalanchas es imparable. Produce efectos que están más allá de su capacidad de control.
Así se encuentra el púber entre los 10 y 12 años, (las edades son aproximadas, los tiempos son aquí lógicos no cronológicos, variables en cada comunidad, momento histórico y también en cada individuo). No hay una correlación armónica de los tiempos de desarrollo del cuerpo, de las hormonas y de la fisiología con el tiempo de desarrollo psíquico.
Emocionalmente, la característica básica del comienzo y de gran parte del recorrido de la pubertad es la angustia. Un hondo sufrimiento psicológico. Los chicos callan, lloran por dentro y para dentro, haciéndose inaccesibles. Se recogen sobre sí mismos, se ensimisman, presentando un aspecto externo inexpresivo, en comparación con el pasado en que se mostraban alegres, cuyas risas, expresaba contento en esos momentos de felicidad, jugando entre ellos, poniendo sus propias reglas, sin la presión de los adultos, en suma, con ese tremendo disfrute que genera la felicidad.
Los púberes son muy difíciles de entender si no se comprende la construcción psíquica de la etapa anterior, y todo lo que este tremendo flujo hormonal, esta irrupción hormonal y este tiempo fisiológico imponen en forma abrumadora e intensa. A esto se suma la reaparición de una vieja sexualidad infantil primaria que se creyó superada. Desde la sexualidad infantil se reeditan contenidos del Complejo de Edipo que aparecen ahora con poca claridad, con símbolos ininteligibles para el púber y con sentimientos que los hacen detestables. Símbolos inconscientes que la censura traduce en otras significaciones y en otras representaciones, absolutamente extrañas. Siente ese transcurrir de símbolos que se traducen en su interior y que llegan a su consciencia sin poder encontrarles sentido ni significado. Y vienen acompañados de ansiedad, de alerta, de miedos. También padece la reaparición del deseo sexual cuando no lo esperaba, ni estaba interesado en ello.
Esta breve descripción tiene por finalidad ayudar a comprender lo que le ocurre al púber en este tránsito. Por qué aparece ahora inexpresivo, tratando de ocultarse. Su cuerpo ya no se mueve con esa fuerza, con esa alegría y con esa destreza propia de la latencia. Ahora, por su nueva torpeza, sufre una especie de resguardo del propio cuerpo, que se manifiesta en el ocultamiento, con la utilización de ropa holgada, con la distancia y el silencio. Es conmovido y arrasado por algo que no era su interés, que no estaba en sus planes.
De a poco irá dando sentido a todo esto nuevo que le está ocurriendo, creando claves que le permitan identificar e interpretar los significados de lo que aparece exigiendo y provocando cambios.
Durante todo este “mientras tanto” la confusión los hace más vulnerables. Acompañarlos desde la comprensión y la aceptación puede ayudarlos a transitar esta etapa de la mejor manera posible, conformando las bases para el ingreso a la siguiente etapa, la adolescencia, definitoria en tantos aspectos de la identidad sexual del adulto.
Foto 1: http://www.artehistoria.jcyl.es/genios/jpg/MUP12111.jpg
Foto 2: de auf achse en www.flickr.com


Añadir a Del.Icio.Us



Comentarios de “La sorprendente irrupción de las hormonas en la pubertad”
Aun no se han realizado comentarios.