
Fotograma de la película Zorrita Martínez
Tres suecas para tres Rodríguez, Lo verde empieza en los Pirineos, Atraco a sexo armado, Aberraciones sexuales de una mujer casada, Zorrita Martínez… ¿Te suenan? Son parte de la cinematografía española y, además, parte importante. Tras la muerte de Franco y la llegada de la Transición Democrática, la afluencia de público que acudía a los cines para ver cómo unos señores (interpretados por Andrés Pajares, Fernando Esteso, Alfredo Landa, Antonio Ozores o Juanito Navarro) babeaban alrededor de señoras ligeritas de ropa, podría ser calificada de masiva. Hoy ese cine ha caído en desuso. Mientras que películas eróticas hechas en el extranjero durante el mismo período histórico son reivindicadas (véase Emmanuelle, Historia de O o los nudie films de Russ Meyer), el Destape español es más bien una etapa que se prefiere olvidar.
Desde aquí no se pretende hacer elogio meláncolico de un tiempo pasado ni tampoco reivindicar unas películas que de transgresoras no tenían ni un pelo… y que lo tenían todo de misóginas y casposas. Pero la caspa en aquellos tiempos recaudaba sumas millonarias de dinero. Además de ser parte constituyente de una cinematografía que optó por “europeízarse” a pasos forzados, al ritmo que marcaba la llamada Ley Miró de 1985. El boom comienza en 1970 cuando se estrena una película decisiva: No desearás al vecino del quinto. La historia parte de la resolución de un sastre, casado y con hijos (Alfredo Landa), de hacerse pasar por “mariquita” para que los señores del pueblo no desconfíen y evitar así que el negocio de vaya a pique. ¿Cómo continúa? Con mujeres, mujeres y, más tarde, lo mismo. Un fenómeno en toda regla, como decimos, solo superado por la revisitación contemporánea a los lugares comunes de la caspa dirigida por Santiago Segura: Torrente, el brazo tonto de la ley.
Hablemos ahora de desnudos. Seguramente conozcas los cuerpos de mujeres como Ágata Lys, Nadiuska, Maria José Cantudo, Àfrica Prat, Yenny Llada… y muchísimas señoritas más que pasearon sus encantos por la gran pantalla para deleite de los varones íberos. Muchas de ellas no utilizaban su verdadero nombre y la mayoría fueron olvidadas una vez el género llegó a su fin. Si este movimiento cinematográfico supuso una verdadera revolución sexual, no estamos seguros. Que fue un fenómeno de masas, de eso no hay duda. Puede más bien entenderse como la reacción inmediata y un tanto infantil a una censura prolongada durante cuarenta años. De no poder enseñar nada, los españoles empiezan a desear verlo todo. El erotismo se convierte en parodia, comicidad y carne femenina. Los celebrados desnudos, vistos hoy en día, nos parecen más inocentes y unidireccionales que otra cosa.
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