La palabra “cultura” ha sido empleada durante siglos para diferenciar a las personas de los animales. Por eso muchos antropólogos, psicólogos y filósofos rechazan aplicar este concepto al fenómeno que tiene como protagonistas a los monos que viven en las montañas de Japón. Sin embargo, muchos investigadores han demostrado que el comportamiento y las estructuras de aprendizaje de estos animales se merecen el nombre de “cultura”. Si lo que allí ocurre es la transmisión no genética de hábitos y comportamientos o una estructura única que distingue a una comunidad perfectamente definida, tendremos que replantearnos esta palabra.
Todo empezó en 1953, en la pequeña isla de Koshima, al norte de Japón. Imo, una hembra de un año y medio empezó a lavar las patatas dulces que iba a comer en el agua para eliminar la arena adherida a ellas. De esta manera las patatas se hicieron más sabrosas, y tres años después ésta Einstein de los macacos japoneses hizo otro descubrimiento: cuando sumergía en agua semillas de cereales embarradas, las semillas flotaban, mientras que la tierra se hundía.
En cuatro años y medio el 20% de los adultos del grupo y el 80% de los jóvenes habían aprendido las técnicas de Imo. En 1963 todos los monos nacidos después de 1950, excepto uno, las practicaban. La forma en la que se extendió la técnica parece ser una actividad cultural. Imo murió hace varios años, y todos los macacos contemporáneos a ella, también, pero la comunidad de Koshima aún lava las patatas en agua y limpia las semillas que consume. Aunque comparar la cultura de estos animales con la cultura humana es como comparar el vuelo de una gallina con el de un águila, no deja de resultar sorprendente.
Desde los años sesenta se ha aplicado la etiqueta de “cultura” a muchas especies, incluidos nuestros parientes más cercanos, los chimpancés. Los macacos japoneses son una de las pocas especies de monos que pueden resistir inviernos cuyas temperaturas bajan de 0º Celsius, las condiciones atmosféricas se vuelven adversas, la nieve hace acto de presencia y la vida se vuelve dura para casi todos los seres vivos. Pero ésta especie, junto con otras como los macacos de China e Himalaya, y los monos dorados de las montañas de China, juegan en la nieve.
Viven en grupos de 30 a 150 individuos y durante los duros inviernos se apretujan unos contra otros para permanecer calientes. En la gran isla de Honshu algunos de estos macacos se han hecho famosos por tomar baños en las aguas termales que tienen en su territorio (en Shiga y Jigokudani “el Valle del Infierno”, por ejemplo). Se les ha visto, incluso, practicando una serie de ejercicios físicos para mantener su temperatura corporal.
En invierno los monos acuden a campos cultivados en los que tienen asegurada su provisión de alimentos, por eso en algunas zonas son considerados una plaga que debe ser eliminada. Aún así quedan entre 35.000 y 50.000 individuos. Su mayor amenaza es la pérdida del hábitat (bosques), porque sólo duermen en los árboles.
Estudiando sus estructuras de comportamiento, los juegos, las guerras, la actividad “política”, sus adicciones, medicinas, drogas, “herramientas”, bailes, habilidades de aprendizaje, sexualidad, habilidades matemáticas o su percepción espacio-temporal, se ha llegado a la conclusión de que tienen muchos elementos comunes con los humanos.
Quizá uno de los más sorprendentes descubrimientos sobre estos asombrosos monos es que la mayoría de sus relaciones son homosexuales. En un grupo de macacos japoneses las hembras tienen fuertes lazos afectivos unas con otras y forman parejas lesbianas temporales durante la época de apareamiento, cambiando de pareja varias veces durante todo este periodo. Se estimulan los genitales mutuamente y expresan su placer emitiendo una serie de gritos. Esta es la razón por la que las relaciones entre hembras son muy fuertes en el clan.
En cada grupo hay un macho dominante que tiene preferencia para copular con las hembras en la época de celo. Esto obliga al resto de machos del grupo a practicar la homosexualidad, sin embargo, a diferencia de las hembras, ellos no forman parejas, sino que son contactos ocasionales. Las hembras suelen tener descendencia anualmente.


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