
Stripper femenina
Somos gente a la que le gusta mirar, de eso no hay duda. Y si además encontramos a alguien al que le guste ser mirado, ya hemos hecho el trabajo más difícil. Los voyeurs se cuentan por millones. De hecho hay quien afirma que en la era de la imagen nuestra sexualidad pasa obligatoriamente por lo ojos en detrimento de otros sentidos. La demanda es alta, todos queremos observar… y cuando se trata de satisfacer una demanda, los seres humanos no tenemos parangón. La práctica conocida como voyeurismo es tan anciana como el mundo. En el fondo de danzas y rituales antiguos encontramos la dicotomía misma del mirar y ser mirado. Contemplando entramos en un estado de catarsis pero también evitamos las relaciones interpersonales. Revistas, películas, foros, webs… infinitud de soportes sobre los que echar una ojeada. Sin embargo, pocos cuerpos reales vamos a encontrar entre páginas o a través de una pantalla.
Ya hemos dicho que en occidente no hace falta mucho tiempo para que una demanda moderna encuentre su respuesta. Es cierto, el acto de mirar es innato al ser humano. Pero el voyeur es un personaje que nace con el siglo XX. La rapidez e inmediatez de las comunicaciones, las nuevas tecnologías, etc. permiten que nos acerquemos los unos a los otros, al mismo tiempo que constituyen el mayor impedimento para las relaciones interpersonales. Por otro lado, los tabúes sexuales no han evolucionado paralelamente a la técnica o la ciencia. Para este tipo de personas, que encuentran el placer absoluto en el acto de mirar, nacieron los clandestinos peep shows. En el mismo Sex Shop o a través de Internet, señoritas solas o en pareja simulan no saber que se las mira mientras realizan actos íntimos.
La traducción popular y más light es el stripper convencional. Ese que buscamos en clubes nocturnos o en despedidas de soltero. Siempre es divertido encontrarse con estampas como las que nos presentan habitualmente en los medios: mujeres enloquecidas gritando ante un musculoso policía que se despoja de su uniforme. O bien un grupo de chicos entre divertidos y excitados que responden a la llamada de una desprejuiciada mujer ligera de ropa. Si partimos de la base de que un desnudo directo no es algo tan transgresor como antaño ¿por qué nos descontrolamos ante esos cuerpos? Antes que nada debemos reconocer que un espectáculo de striptease lleva añadido un alto consumo de alcohol y un contexto festivo, por lo tanto tal grado de euforia está más que justificado.

Peep shows en Granville (Francia)
Por otro lado, los strippers, buenos conocedores de las exigencias de su trabajo, esculpen sus cuerpos y los transforman en un estándar explosivo que agrada a casi todo el mundo. En el caso de los hombres, músculo y más músculo. Las mujeres, formas redondas. Un cánon muy alejado de la realidad de casi todos aquellos que observan desde fuera el espectáculo. Y puede que una de las claves más importantes sea esa, el espectáculo. Los cuerpos desnudos juegan y se mezclan con elementos externos como la música o la ropa, creando una atmósfera erótico-festiva que viene a ser la representación de un acto sexual sin acometerlo completamente. En directo, sin pantallas de por medio. Y en comunidad, sin sentimiento de culpa.
Para aquellos a los que les gusta disfrutar de un striptease en la soledad de un peepshow o en las cabinas de los sexshop, uno de los mayores argumentos sería la exclusividad. El cliente paga por la ilusión de creerse único para el hombre/mujer que en ese momento se quita la ropa delante suyo. Puede dejarse llevar por su imaginación o por el mero placer de mirar, pero en un cuerpo a cuerpo, sin ficciones ni filtros.
Quizá ese sea el quid de la cuestión, ante un striptease nos encontramos en un espectáculo de representación, pero que cuenta con el aliciente de un cuerpo real que podríamos tocar en ese mismo momento. Aunque sepamos que está prohibido.
Stripper por Rodrigo Favera en Flickr
Peep Shows por Diane Worth en Flickr

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1 Comentario en “Strippers, ¿por qué nos atraen?”
El cuerpo lo dice todo