Otros, Sexo

Sexo y amor como moneda de cambio

Juntos por conveniencia
Por P. Córdoba, en 8 de Junio de 2008

A lo largo de la historia las mujeres han sido consideradas una propiedad más que se compraba y vendía por parte de padres, maridos y comerciantes. Muchos matrimonios en la antigüedad eran la retribución con la que premiar a algunos caballeros por sus conquistas militares. Hubo un tiempo, y aún perdura en algunos países y culturas, donde ceder a una hija para desposarla (y/o abusar de ella) era y es un bien altamente valorado para cerrar una negociación en la que una mujer puede canjearse por la paz entre poblados, uanillos de bodan terreno con cientos de hectáreas para el cultivo o piezas de ganado.

Otra modalidad de venta , sin anunciarse a bombo y platillo, era la que algunas féminas tenían que realizar, viéndose obligadas a casarse o a tener sexo con el patrón a cambio de conseguir ayuda económica para su familia de origen (padres y hermanos), asegurarse un sustento alimenticio o cubrir una deuda de juego de algún pariente chantajeado. En muchos pueblos este intercambio de mutuo acuerdo debía ser proporcional, es decir, recibir en función de lo que uno pudiese ofrecer. Por eso, si alguna mujer tenía alguna discapacidad (cojera, ceguera) solía emparejarse con alguien que también mostrara una minusvalía o enfermedad (enanismo, corvadura anormal de la columna vertebral o “joroba”, trastornos del habla, esquizofrenia, etc.). Siempre era mejor aunar fuerzas y obtener algún beneficio de esa unión que permanecer solo o anclarse en la pobreza.



A día de hoy, en pleno siglo XXI, e incluso en las sociedades más desarrolladas, el sexo y el pseudoamor siguen siendo monedas de cambio para comer y vivir. En general, las tres formas más comunes de llevar a cabo esta transacción son:

  • Casarse para obtener la nacionalidad. Los protagonistas persiguen un cambio de vida, encuentran en esta opción una vía rápida para traer a su familia, enviarles dinero, y acceder a una vivienda y puesto de trabajo dignos, a través de lo único de lo que disponen: su cuerpo y su persona. El otro negociador que espera en tierra o en el aeropuerto o bien obtiene dinero como si de cualquier otra venta se tratara, o bien accede por sexo, unos con la esperanza de que pueda transformarse en amor, otros con la conciencia tranquila sabiendo que es un trato con el que ambos salen airosos y consiguen ventajas: pareja y papeles ante el sí quiero.
  • Parejas de conveniencia. Este grupo casi nunca lo reconoce abiertamente ni se identifica como tal, pues disfrazan los motivos de su emparejamiento con un amor de protocolo y buenas maneras, que sin embargo no dista tanto del trueque de esposa por 5 camellos. A un lado de la mesa (féminas y minoritariamente algunos varones) se ofrece sexo de juventud y belleza de pasarela, concediendo esa prórroga tan soñada para comenzar de cero, revitalizarse y volver a formar una segunda o tercera familia aunque se rebasen los 55 o 60 años. Al otro se ofertan maduros que doblan o triplican la edad (en su mayoría del género masculino) con estabilidad económica y alto estatus social. Admiración por la belleza o la experiencia de unas canas que acaban construyendo una relación conyugal basada en un amor un tanto paterno-filial.
  • La prostitución. Esta es la forma clásica de comercialización sexual con más años a sus espaldas, y que aún hoy sigue vigente. Detrás hay tantos y diferentes motivos como mujeres y hombres ejerciéndola, porque no se tienen las mismas razones a pie de calle que en un hotel de lujo. El sexo es algo que puede pagar prácticamente todo: alimentos, alquiler, drogas, carreras universitarias, etc. Hay quienes lo consideran su oficio, un modo de ganarse la vida al que han ido acomodándose durante casiProstitución amsterdam la mitad de su vidas. Para otras mentes es un negocio, una oportunidad de enriquecerse y aprovechar la gran demanda en este sector. Otras veces es un peaje, una coacción o chantaje, un recurso de susbsistencia o un elemento más del mundo de las drogas.

¿Salud, dinero o amor?. Hay personas que para obtener uno de los tres ingredientes están dispuestas o se ven empujadas a renunciar al tercero. Por amor muchos lo arriesgan todo, dejan sus trabajos, cruzan los océanos y cambian su estilo de vida por seguir a su media naranja hasta un lugar exento de comodidades y lujos, e incluso se exponen a que su salud se resienta. Otros por dinero o por garantizar la salud y la calidad de vida de los suyos eligen renunciar al amor y venden la otra cara de la moneda, el sexo. Algunos más, llevan el amor hasta la frontera de la dependencia, y mantienen a toda costa relaciones tóxicas e insanas que terminan por atentar contra su salud o llevarles a la ruina.

Entre estos dos extremos, hay un gran abanico de posibilidades y combinaciones, entre las que una inmensa mayoría diría que anhela un reparto equilibrado de los tres atributos: vivir bien, con la persona elegida y sin que el cuerpo pase factura. ¿Es posible o es una utopía?. Quizá todo pueda alcanzarse si se está lo suficientemente motivado y se tienen las cosas claras, y verdaderamente en lo que discrepamos unos y otros es en el modo de conseguirlo. El eterno debate de si el fin justifica los medios.

El ser humano ha comprado puestos de trabajos, ha vendido afectos y emociones a precio de ganga hasta desvirtuarlas, ha alienado y prostituido conciencias hasta adulterarlas a escondidas, ¿qué más queda por explotar o comercializar?.

A las dos orillas del río de la vida se posicionan alzando sus reivindicaciones dos grupos de personas: los de ” Es cuestión de supervivencia” y los de “Esto no está en venta”. Al menos debería existir la libertad de pasarse de un lado al otro sin coacciones o presiones.

Foto1: Juan Guzmán
Foto2: Antoine Guerre

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