Sin duda, uno de los mayores pilares con que cuenta una pareja, es la fidelidad. Este valor es el cimiento y la barrera última que toda pareja tiene pero que con el correr del tiempo se puede trasformar en un verdadero fantasma, un cuerpo etéreo que podría escapar por la rendija más sutil que puede presentar el resquebrajamiento o desvirtuación, allí donde hubo puro amor y afecto en algún momento. Puede ser que esto se deba a cambios de escenario dentro de la evolución social normal de una relación de pareja o podemos encontrar bases científicas en la misma morfología del ser humano como tal y que, por supuesto, se contradicen con todo aquello que nos han pintado las religiones tradicionales acerca de la monogamia y el amor eterno, amparado en la figura –francamente débil- del matrimonio, que incluso es elevado al estatus de institución social cuando está visto que de un tiempo a esta parte, pareja que se casa, pareja que se termina separando al poco o, cayendo en infidelidades ya sean abiertas o solapadas. El tema como vemos es complicado e intrincado y además subjetivo en cuanto a su concepción.

Imagen tomada de Flickr por misogena pero en verda no tanto
En efecto, para algunas personas, la infidelidad implica la consumación del acto sexual o, en todo caso, un contacto físico mínimo de uno de los componentes de la pareja con un tercero. Para otros, no es necesario el establecimiento del vínculo físico y basta algún tipo de relación de afecto solapado con un tercero. Otros, más rigoristas, sostienen que la infidelidad incluso puede darse a nivel de pensamiento, desconociendo de plano el concepto mínimo de fantasía sexual con otra persona. Incluso algunos, más entusiastas, sostiene que si no existe relación afectiva, no se puede hablar de infidelidad y se amparan en este concepto para echarse sus “canitas al aire”.
Para terminar de complicar el caso, existe la figura del coqueteo, intrínseco a la mujer y que la define en su feminidad. En efecto, toda mujer sostiene que le gusta sentirse deseada en todo momento y lugar. Es prácticamente un combustible de su género y por supuesto no es exclusivo a su pareja. Pero ¿Qué hay en el trasfondo de todas estas consideraciones? Quizá habría que empezar por lo primero, por la esencia misma del hombre como animal, y aquí no hay separación entre hombres y mujeres.
Es un cliché decir que el hombre es infiel por naturaleza. Pero habría que ver en qué momento surgió el concepto de fidelidad y sobretodo de monogamia ya que ambos están estrechamente ligados. La prehistoria nos asiste en esta búsqueda y nos señala que el plan de la naturaleza -de la cual nuestros cuerpos siguen siendo esclavos- era la multiplicación y supervivencia de la especie. En este punto, sería descabellado pensar que la mejor ruta para este plan sería la monogamia y nótese que el concepto de fidelidad ni siquiera encajaría en este marco. Aquí podemos hablar de un nivel más instintivo y carnal de relaciones entre humanos. Por tanto la fidelidad estaría más asociada con formas más civilizadas del ser humano en las que, indefectiblemente, surge otro concepto: el pacto o compromiso. Luego, una infidelidad sería un atentado contra la moral y el valor y nunca contra la persona comprometida. Esto hace de la infidelidad algo execrable –dicen que no hay peor cosa que una traición, la cual siempre se condenó con al muerte- pero también algo prohibido, lo cual sabemos, de sobra, que trae consigo un fuerte componente sexual. Entonces todo quedaría reducido a débiles y fuertes en este tema. Quienes son capaces de reprimir un impulso sexual perfectamente natural y quienes se entregarían al bajo mundo.

Imagen tomada de Flickr por diana ortiz
Lo que es más, podemos hablar de quienes tienen el suficiente valor para aceptar este hecho y confiárselo a su pareja antes de propiciar algún daño creyendo –tontamente- que pueden soslayar este hecho y vivir con culpa eternamente. En este punto, surge un concepto mucho más elevado, perteneciente a la esfera espiritual. Y es que algunos sostienen que fidelidad implica compartir y también renunciar. Es innegable que el deseo sexual se agota, salvo que se echen mano a otros recursos y habría que ver, según cada individuo, si es capaz de convivir con esto para siempre. Ciertamente, hay que saber distinguir entre sexo y amor. El primero totalmente mundano y sometido a la actuación de la carne, dirigido exclusivamente por hormonas y químicos. El segundo, el amor, ni siquiera encuentra definición satisfactoria, las palabras nos limitan para expresarnos acerca de él y el sexo ni siquiera encaja en su órbita. Por otra parte, las conclusiones científicas dicen que el hombre practica la monogamia en serie pero no la exclusividad sexual, es decir el hombre es un constructor de harenes, lo cual es una ventaja desde el punto de vista genético que es lo único que parece importarle a la naturaleza. Sin embargo, los buscadores de la esencia del plan divino, seguimos rompiéndonos la cabeza con este complicado rompecabezas de infinitas y dinámicas piezas.

Añadir a Del.Icio.Us


Comentarios de “Fidelidad y monogamia, desconociendo los planes de la naturaleza”
Aun no se han realizado comentarios.