Los Swingers
Seguramente, esta puede llegar a constituir una de las fantasías sexuales, tanto de hombres como de mujeres, pudiendo quedar simplemente, relegado al plano de las representaciones mentales.
Pero lo cierto es que el swinging o el intercambio de parejas, es una práctica muy extendida y practicada por millones de personas en todo el mundo.

Para algunos, el swinging, es un modo de enriquecer la pareja
Este movimiento, surge durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los pilotos de las fuerzas aéreas y sus esposas, comenzaron a incursionar en esta práctica.
El swinging, lejos de ser un juego ocasional, más bien constituye un estilo de vida, y siempre dentro del marco de una pareja bien constituida, el swinging, consiste en intercambiar sexo o juegos sexuales, con otras parejas.
Si bien, al intercambio de parejas, se lo relaciona más frecuentemente con el hecho de tener penetración, con algún miembro de otra pareja, ésta, tiene sus variantes, ya que se llama intercambio de pareja también, a las siguientes acciones:
- observar a otros mientras tienen sexo
- tener sexo con tu pareja, mientras te observan
- besar, tocar o acariciar a otra persona que no sea tu pareja
- tener penetración sexual con otra persona, aparte de tu pareja

El observar a otros teniendo sexo, también es intercambio de parejas
Si bien se trata de una práctica liberal, el swinger, al contrario de lo que se cree, tiene un gran respeto por su pareja y entre ellos, la comunicación y la confianza es fundamental.
Para el swinger, tener sexo con otras personas, es una forma de enriquecer su vida sexual y la de su pareja, y no se trata de conseguir sólo la propia satisfacción.
Para aquel que quiera iniciarse en el intercambio de pareja, tiene que tener bien en claro cual es la finalidad que el swinging persigue, y no hacerlo por simple curiosidad, ya que de esta manera, podría llegar a poner en riesgo a la relación. Al margen que ambos, deben estar de acuerdo y manifestar pleno consentimiento, en esto no vale obligar o presionar al otro para llevarlo a cabo.
Sin dudas, el swinging, no es para cualquiera y tampoco es apto para celosos, ya que a más de uno, la sola idea de compartir a nuestra pareja, o de imaginarnos a ésta teniendo algún tipo de roce con otra persona, nos puede llegar a ocasionar un ataque de furia.
¿Ustedes, intercambiarían a su pareja?; ¿se animarían a experimentar el swinging?, ¿ya lo han hecho y quieren contarnos su experiencia?
Foto 1 de unomira en Flickr
Foto 2 de sunshine.sol en Flickr
Comentarios (12)
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Para practicar el estilo de vida swingers o intercambio de parejas debes tener una relacion liberal y de buena comunicacion con tu pareja, ya que no es infidelidad.
Que se debe hacer cuando una de las parejas es celoso y como convencerlo que es normal el intercambio de parejas, con mis otras parejas no tengo problemas pero con uno de ellos lo ve algo sucio y no creo que se llegue a exagerar mucho, caho.
El swinger es muy complejo, sobre todo en Mexico donde la gran mayoria que se dice swinger resultan solterios o desviados. Si lo hacemos de forma constante pero lo mas complejo es encontrar gente adecuada para “jugar” y divertirnos. Aqui (en Durango) hemos batallado mucho para desarrollarnos en el swinger, y por lo mismo el desanimo a veces se hace presente.
Alguien que quiera esperimentar y hacer intercambio y tenga mujer bonita como la mia escribanme. Javier.contreras60@yahoo.com
siempre se cruzo por mi cabeza pero mi corazon es muy duro, pero cuando fantasio con mi esposa se exita mas de lo normal, llega al orgasmos varias veces cuando hablo de una doble penetracion
En las relaciones swinger, el mando lo tiene la mujer, no es no, y uno como pareja se debe preocupar por brindarle protección y apoyo para que logre desinhibirse y disfrute de su sexualidad, debe haber mucha comunicación y confianza y comprender que solo son juegos sexuales, e incluso, a pesar de disfrutar bastante con la otra pareja, siempre termina siendo más satisfactorio el sexo entre nosotros, el reencuentro dentro de la misma habitación, y el morbo de hacerlo todo juntos.
hola somos de Chipas,mi esposo y yo ya lo hemos practicado y para ser la primeravez fue muy placentero para ambos, claro alprincipio cuando el me comento yo tube dudas y cierto miedo, pero al informarnos eso se me quito y ahora nos disfrutamos más estando solos.
hola somos de bogota colombia cuando lo hicimos la primera vez fue un poco de miedo pero cuando ya la situacion fue la ideal ella se dejo llevar y gozamos como nunca una experiencia que deseamos volver a realizar, lejos del miedo y entregarse a la otra pareja sexo puero sin tabus
Réplica al artículo titulado Yo Sobreviví a los Swingers, escrito por el periodista Carlos Martínez del periódico digital El Faro.net, en fecha 2 de Mayo del 2010.
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San Salvador, 15 de Julio, 2011.
Inicio esta réplica aclarando que, aunque ha transcurrido más de un año de la publicación del artículo en cuestión, este servidor no se enteró sino recientemente.
Y para que el lector se pueda formar una imagen general de quien escribe – y el por qué de la réplica – me describiré de manera sintetizada: Soy salvadoreño, cincuentón, libre de vicios, ingeniero de profesión, padre de familia, felizmente casado, swinger desde hace más de 27 años.
¡Ah! ¡Entonces este fulano es de los mismos degenerados que intercambian a la mujer como intercambiar automóvil! – será el pensamiento invariable del lector mojigato.
Se equivoca. Mi vehículo no lo presto. En este monólogo intentaré explicar el por qué sí comparto a mi esposa, sin más pretensión que mostrar otro punto de vista sobre una práctica que, aunque escandaliza a los moralistas, aumenta en adeptos cada día.
Partamos del entendido que, como todo en la vida, esto no es para todos. Personalmente no me interesa el fútbol, pero eso no reduce la pasión de mis compatriotas por este deporte, como tampoco hay conflicto en mi vida por ello.
Comienzo por reconocer que soy monógamo en el amor… y polígamo en el sexo.
Aunque esto es verdad para muchos – hombres y mujeres, muy pocos(as) lo reconocen y aceptan así. Pero supongamos que estamos en un país donde no hay prejuicios y prevalece el respeto al derecho ajeno…
Había una vez una inocente pareja de novios que soñaba con unirse para toda la vida y compartir eternamente su amor. Después de algún tiempo, ya casados, la cruel rutina se fue apoderando sigilosamente de su matrimonio, causando un enfriamiento de su mutua pasión. Buscando una manera de reencontrar esa pasión en su vida, el ya no tan inocente esposo escuchó sobre la libertad sexual, práctica muy en auge en el primer mundo. Al indagarse al respecto, le pareció que ello podría detonar nuevas emociones con su todavía inocente esposa, la cual, como era de esperarse, le mandó al carajo.
Así las cosas, este servidor optó por hacer de las suyas y descubrir de primera mano de qué se trataba la libertad sexual. Les recuerdo que corrían los años 80: una guerra civil, no internet, no teléfonos celulares, no anuncios clasificados con inferencia al sexo. Ni corto ni perezoso, redacté un anuncio en inglés para disfrazar el objetivo. A la pregunta de “¿Qué dice aquí ?”, mi respuesta fue “Swing es un baile. Buscamos parejas de baile”.
Para mi asombro recibí múltiples llamadas, aunque la mayoría de interesados en un empleo de baile. Luego de un proceso de acercamiento y desarrollo de confianza con quienes sí sabían de qué se trataba, tuve algunas experiencias satisfactorias donde yo era el tercero. El rollo me encantó. ¡No será para todos, pero para mí era a la medida exacta!
Mi asombro era que los caballeros compartieran a la esposa sin más, algunos como espectadores, otros en “equipo”. Al preguntar cómo manejaban eso, la respuesta fue no menos asombrosa: “El sexo compartido nos une”. No lo comprendí sino hasta luego.
Con toda la prudencia del caso, conté a mi amada esposa lo sucedido. Por supuesto que en tercera persona (mi amigo Gustavo me contó…) y en bocados pequeños, a lo largo de casi un año. Ahora sabe la verdad y reímos juntos al recordar.
Mientras germinaba la semilla swinger sembrada en mi esposa, mantuve contacto con esas parejas, separadamente. Cuando retornaba de una “sesión swinger”, me invadía renovado apetito y candente pasión por mi mujer. Ella lo notaba y disfrutaba el efecto, pero siempre evadí explicar la causa.
Un año después ella estaba dispuesta a hacer realidad esa fantasía que atizaba desmedidamente el fuego en nuestro lecho, aunque con el tiempo me confesó que realmente lo hizo para complacerme. Hoy, con la madurez de los años, dimensiono el grado de abnegación de una esposa (educada en colegio católico, devota de la virgen, etc.) para hacer por su marido lo que la condicionaron era un pecado. Suerte para ambos que lo hizo. A fin de cuentas, entre los asuntos de la pareja nadie debe entrometerse.
La pareja con quien nos reunimos era ya de mi confianza, por lo que no tuve reparo en presentarle a la mujer de mi vida. Muy nerviosa al principio (la frágil autoestima femenina), mi esposita se sentó muy junto a mí, apretando fuertemente mi mano y casi sin pronunciar palabra. Algunas copas de vino fueron necesarias para relajarla.
Este no es el medio adecuado para describir los detalles de lo sucedido esa noche, pero puedo afirmar que cambió nuestra vida para siempre… para mejor, mucho mejor.
Se preguntará el lector… ¿Y los celos? Nunca fui el típico macho, pero admito que alguna sensación de inseguridad cruzó por mi mente; afortunadamente nada que un tierno beso de mi media naranja no pudiera evaporar. Sobra decir lo orgulloso que me siento de ella.
Después de esa primera experiencia el fuego entre los dos fue abrasador, solo comparable a la primera vez que hicimos el amor, cuando novios. Una sola experiencia nos bastó para varios meses de ardorosa pasión. Nos convertimos en cómplices, y eso fortaleció nuestra unión de una manera excepcional. Entonces comprendí lo de “El sexo compartido nos une”.
Pasado el tiempo, y con el retorno gradual de la rutina y la monotonía, decidimos darnos una nueva “escapada”. Fue entonces cuando descubrimos que el simple hecho de flirtear con la idea disparaba nuestra pasión. Cuando esto también se volvió rutina, contactamos de nuevo al matrimonio con quien habíamos compartido. Para nuestro asombro y alarma, estos se habían separado. ¿Sería esto una señal? ¿Acaso la pena divina por los pecados de la carne?
Intranquilos, dejamos a un lado los planes de libertad sexual que una vez nos había renovado, tanto en la pasión como en el vínculo de pareja, encarrilándonos en las filas de la decencia rutinaria como la mayoría de matrimonios. Dicho de otra manera, aceptamos solo coexistir lado a lado, con tal de no arriesgar la estabilidad de nuestra relación. Error.
Pasaron muchos meses y notamos un enfriamiento de nuestra relación. No distanciamiento propiamente, pero sí un desinterés en actividades comunes, agravado con la rutina sexual que compartíamos cada vez con menor frecuencia. ¡Esa sí era una señal inequívoca! Íbamos al traste.
Una tarde de sábado, mientras los chicos disfrutaban de sus abuelos, conversamos de manera adulta las opciones. Ambos sentíamos que algo se estaba esfumando. ¿Sería realmente más dañina la medicina que la enfermedad? Una cosa era segura: sin medicina, el paciente – nuestro matrimonio, moriría irremediablemente. No hablábamos de separación, sino de permitir que el júbilo de vivir se desvaneciera y solamente compartir la alegría de los hijos mientras llegaba el día en que se marcharan. Y luego, ¿qué? ¿Compañía en la vejez? ¡Mangos! No estábamos dispuestos a despilfarrar la vida por prejuicios de otros (insisto: de otros). Resolvimos reencontrar la pasión y la complicidad perdidas. Esa tarde tuvimos sexo de película. Desde entonces lo sigue siendo.
Si intriga al lector el por qué no buscamos encuentros conyugales o actividades religiosas para “salvar” nuestro matrimonio, la razón es simple: Habíamos probado la efectividad de la medicina. Además, habiendo reunido la autoestima necesaria y superado los tabúes religiosos y sociales, cualquier doctrina no sería sino represión de nuestra naturaleza. Es cuestión de abrir la mente. A fin de cuentas, entre los asuntos de la pareja nadie debe entrometerse.
Perdí la pista de las parejas que conocí antes de introducir en esto a mi costilla, así que recurrí al truco del clasificado y solo días después estábamos conociendo a una nueva pareja. La mecánica, la misma: Conocernos sin más compromiso que la discreción, descubrir si existe o no afinidad, luego desarrollar confianza y finalmente disfrutar de la libertad sexual como adultos conscientes, en un marco de armonía y consideración, respetando los límites que cada pareja establece.
A manera de sumario, puedo decir que hemos compartido con parejas, individuos y grupos a través del tiempo, a nuestro propio ritmo, no siempre con experiencias placenteras pero sí siempre con el beneficio de consolidar nuestra unidad de pareja.
Han pasado muchos años, los hijos se han marchado (casi todos), el equilibrio en mi vida es inmejorable, tengo por esposa a la mujer más dulce y maravillosa del mundo, vivimos un idilio permanente, sus habilidades en la cama son incontables, nuestra relación de cómplices es única, nuestra vida juntos dista mucho de ser simple coexistencia.
Mi vida ha sido, hasta ahora, más que grata, y el rollo swinger ha hecho su contribución a ello. No quiero decir que la libertad sexual es la causa de mi felicidad. Estoy consciente que la plenitud en mi vida nace de mi esposa y compañera, excepcional mujer a quien admiro y venero por su estoicismo y desprendimiento. ¡Suerte para ambos que aceptó “experimentar”! … un concepto difícil de comprender para las mayorías.
En cuanto al artículo que me llevó a escribir estas líneas, debo mencionar que el enfoque me parece parcial, a ratos vulgar y sensacionalista. Talvez el autor así lo vivió, o talvez es una estrategia para atraer lectores. De cualquier manera, y como antes dije, solo pretendo presentar otro punto de vista. Uno real y de largo plazo, con altos y bajos como la vida misma. Espero no haber ofendido a nadie, pero presento las disculpas pertinentes si lastimé sensibilidades.
Observé al inicio: Supongamos que estamos en un país donde no hay prejuicios y prevalece el respeto al derecho ajeno… pero no estamos en un país así.
Dado el riesgo de perder la tranquilidad en mi trabajo y la paz y armonía en mi familia por compartir abiertamente una práctica hoy día poco ortodoxa, y aunque por ello reste credibilidad a este testimonio, elijo el anonimato.
Por ello, muy posiblemente éste soliloquio no llegue a ser publicado en el periódico que divulgó el artículo original. Talvez, por el tema, nunca tuvo oportunidad de serlo. O talvez sí. Pronto lo sabremos pues no dudo que, de una u otra forma, será publicado en algún rincón del internet.
Quiero finalizar con un apropiado pensamiento del filósofo y teólogo danés Sören Kierkegaard (1813-1855): “El matrimonio es, y será siempre, el viaje de descubrimiento más importante que el hombre pueda emprender”.
Mis mejores deseos.
D. R.