Suena el teléfono, contestas y descubres con estupor que al otro lado escuchan sin hablar. Tiendes instintivamente a colgar, hasta el instante que comienzas a oír con incredulidad jadeos, que empiezan a definir un monólogo intimidatorio.
Estamos hablando de lo que se llama escatología telefónica, una parafilia en la que el protagonista (varón o mujer) necesita de llamadas telefónicas obscenas para excitarse sexualmente.
Su arma para amedrentar es el lenguaje: lo que dice (verbal) y cómo lo dice (no verbal). Se muestra dependiente y obsesionado con la erótica del sentido del oído y de la fonación (se estimula modulando su voz).
Así, el contenido de los mensajes puede revelar procacidad oral, ser coprolálicos en el sentido de utilización de malas palabras, frases sexualmente excitantes o la emisión vocal de sonidos como gemidos, rugidos rítmicos y gritos imitando el orgasmo. Principalmente importuna con suspiros o propuestas detalladas sobre lo que desearía que le hicieran.
Escudado en el anonimato visual, suele perseverar en su empeño con llamadas que no cesan, puesto que su excitación se acentúa cuando la víctima reacciona achantada o agresiva. Si el rechazo o la indignación no se manifiesta de inmediato, por sorpresa o bloqueo, el parafílico tiene tiempo para exponer su repertorio, generalmente estudiado con anterioridad. El rápido corte de la conversación le provoca frustración y vuelve a llamar reiteradamente. La indiferencia continuada es lo que con mayor frecuencia acaba extinguiendo su insistente ritual.
No hay que confundir estas conductas con el erotismo telefónico, en el que ambas personas consienten, y eligen esta variante de juego sexual para alcanzar el clímax. Este sería el caso de parejas que se han conocido a través de anuncios, o que encuentran en el hilo telefónico una alternativa sexual, dados los Km de distancia que los separan.

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